Entre Encantadores y Magos Parte III

El viento movió las hojas del árbol de fiesta. Estaba helando y la respiración de Trebor se elevaba en volutas blancas que desaparecían ante sus ojos. El viento arreciaba, le secaba los ojos, lo segaba, sin embargo la mirada de Trebor se había quedado pegada al árbol y lo había inmovilizado.

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Había llegado allí siguiendo la caravana, rastreando a los captores de Edrid que se movían de pueblo en pueblo aniquilándolo todo. Éste sería una parada más de las miles que ya había hecho. Con solo mirar el árbol sintió la ira envenenándole el corazón y oscureciéndolo a cada instante. Se estaba convirtiendo en una sombra, una más oscura que el tono de la capa que lo cubría.

Eras otro pueblo cualquiera, ó lo había sido hasta llegar hasta la plaza. Había pasado por aquel camino rojizo y se adentró a la comarca, el aire enrarecido le advirtió que adelante, la maldad lo esperaba; la capa se había estremecido como en un escalofrío irreal, que por contacto se adhirió a la piel de Trebor y lo recorrió completo.

 Había llegado al centro del pueblo y se había detenido. No pudo pasar caminando por en medio atravesando la plaza y continuar su camino, no pudo hacerlo sin detener su paso. Bajo la luz de la luna, la piel desnuda de una pequeña, de no más de diez años,  resultaba brillante con el fondo negro del árbol que le había servido de orca.

Él siempre había sido un hombre sencillo, o eso pensaba. Un hombre que le gustaban los poemas y las sonrisas de Edrid, con eso le bastaba para decir que tenía una buena vida. Ahora que ella no estaba, el mundo se había convertido en una calamidad de días y noches, de lugares fúnebres como aquel árbol y su recuerdo. Era una espina clavada en lo profundo del corazón.
De todas las muertes que había presenciado en los últimos días, aquella niña de piel blanca, con su rostro infantil morado con un hilo de sangre goteando de la nariz, era la única que le había hecho detener el paso. ¿Que era lo que había pasado? ¿Es que el mundo se había salido de su cause?.  A decir verdad, esa niña no le dolía en lo más mínimo, pero era capaz de comprender que aquello era una atrocidad. No era lo mismo con la imagen de Edrid desapareciendo entre las llamas, pero ahora pensar en ella, era como querer recordar a alguien que había fallecido hacía demasiado tiempo. Su muerte era la única que dolía. Entre todos los muertos, solo ella era capaz de tocar su alma y rozar su corazón; que parecía haber dejado de la latir hacía ya bastante tiempo.
Algo dentro de Trebor pareció llorar otra vez. Ese algo que había estado llorando cada vez que pensaba en Edrid. No le importó, no se detuvo a pensarlo y allí, en medio de la plaza, con los ojos de los pueblerinos pegados a la espalda, empezó a bajar a los doce muertos que estaban colgados en el árbol. Los vivos le miraban desde la lejanía de sus casas, con las cabezas escondidas detrás de las ventanas. El entrecortado llanto de las esposas, hijas y madres que presenciaban aquella escena grotesca, era amortiguado por el viento que empujaba la capa de lado, dejándole sentir por primera vez en muchos días, el frio invierno y la escarcha de los ojos del llanto de los vivos.
Trebor ardía en ira y sus emociones eran un torbellino de vaivenes. Su cara estaba apretada causando que arrugas nuevas se le marcaban en el rostro. Aquella calamidad se repetía en cada pueblo por el que pasaba la caravana, aquella tonada de desesperación compuesta de lamentos y  llantos,  había hecho que las formas y colores perdieran el brillo. Lo peor era que las largas líneas de carros que repartían desgracia, parecían cobrar fuerzas con cada grito desesperado. En aquellos pueblos no había esperanza. Estaban desamparados. No había hombres. Los hombres lloraban igual que las mujeres, llegado el caso.
Así pues, empezó a desatar con hilos de viento a todos los colgados. Los dejó caer lentamente como si flotaran. Se tomó su tiempo. A los muertos se les debía respeto. Ahora que el árbol de fiesta se había convertido en el árbol de los muertos, y sus raíces se nutrían de sangre, no había lugar para ensoñadoras canciones y poemas de amor debajo de sus ramas.  Ahora, sólo había espacio para la pena, el llanto y la rabia. Un camino por el cual Trebor caminaba ya hacían varios días. Sólo los dioses sabían a donde iba a parar.
Ya no había vuelta atrás. Su vida, su muerte y todas sus fuerzas estaban dedicadas a la venganza. A la venganza de una muerte que no tenía forma de saldar. Si Edrid estaba viva ó muerta en algún lugar, la culpa era suya, una culpa de la que no podría escapar, o al menos eso pensaba Trebor, segado por la locura del dolor y la soledad. La capa se agitó con fuerza; a veces recordaba que estaba viva, se movía como intentando decir algo, pero lo cierto era que, en ocasiones, también se quedaba petrificada.
Desató el ultimo lazo de la cuerda en la que colgaba a la pequeña. La bajo sin usar  magia. La sostuvo en vilo. Y por un instante las lágrimas que caían por dentro salieron a raudales afuera. Una mujer del pueblo salió de su casa, le miraba en la noche, tenía la cara roja de tanto llorar, la piel pálida de tanta tristeza. No se atrevió a acercarse. Todos en el pueblo lo consideraba una aparición maligna, la muerte en persona que había llegado para llevarse a los espíritus de los colgados. A Trebor no le importaba que le vieran así, menos una madre que clamaba por el pequeño cuerpo destrozado de su hija; Que lo mirara como quisiera, el no estaba lejos de ser la misma muerte.
La mujer levantó las manos suplicante, y él le devolvió el cuerpecito sin vida. La mujer calló de rodillas en un lamento entrecortado.
—¿Por qué? —susurró la mujer pidiéndole una repuesta, clamando por una verdad que él mismo desconocía.
—No lo sé. —Respondió él. —Pero cuando vengue a mis muertos, también vengaré a los tuyos. —Se volteó y empezó a caminar, intentando esconder el llanto que aquella mujer le había despertado.
Ahora le dolía todo. Dolía el paso de los días, las noches en pena, las lagrimas caídas, las muertes. —¡Dios cuantas muertes! —la perdida, si, era eso lo que más arrancaba de él, látigos de dolor. ¿Cuanto más tendría que soportar? No había querido ir al pueblo donde vivían sus padres, no, aquel lugar estaba más allá de sus recuerdos. Era mejor desconocer si estaban vivos o muertos, o si habían desaparecido, era mejor. Porque ellos no eran Edrid, y ella le necesitaba más que los muertos.
Caminó a paso lento por el pueblo y salió por el este, avanzando por el camino principal. A ese camino le llamaban “Calzada del Rey”, porque por allí llegaba el Rey cuando aparecía a dar dádivas. Muchos años habían pasado desde la ultima vez que el Rey había subido por esa calzada, generaciones ya. A Trebor no le importaba. No le importaba como se llamaban las calles ó la avenidas, las plazas, las posadas o las malditas montañas, dentro de si, sólo quedaba una  única cosa importante y esa cosa era: Edrid. Encontrarla viva o muerta.
La capa  se agitó de nuevo. Él la ignoró. Cuando salió del pueblo y se interno en la noche, ya no pudo detener el llanto. Camino lejos intentando escapar de la figura de la niña, avanzó paso a paso sabiendo que en el fondo se sentía destrozado y agotado. Cuando faltaba poco para el amanecer, se separó de la calzada buscando descanso allí donde un pequeño bosquecillo le daba alguna protección. Estaba pálido, con los pies llenos de callos y ampollas.  El  dolor era punzante a causa de la piel chamuscada por la batalla en la mansión.  Un recordatorio más por los  que habían muerto.
Durante la persecución de la caravana, Trebor se había enterado de varias cosas. Había un nuevo Rey, Éste había ordenado la muerte de los Encantadores. Cerca de noventa ataques a grandes mansiones y poblados habían ocurrido ese mismo mes. Centenares de Encantadores habían muerto. Eso lo sabía. El Capitán que había ordenado el ataque en la mansión se llamaba Robert. ¿Era ese hombre el causante de todo esto o sólo era otro militar siguiendo ordenes? No tenía idea. El Rey había decidido que los ataques cesaran, pero el ejercito había tomado otra decisión y ahora, al menos según los rumores, El nuevo Rey era un preso más dentro de su castillo.
En la tarde del día siguiente, Trebor se acercó lo más  posible a la cúspide de una loma. Desde lo alto podía ver el pueblo que estaba abajo. Quería saber por qué salida avanzaba la caravana. La capa se agitó violentamente. Trebor petrificado vio como la caravana se dividía en dos partes. Estuvo un instante mirando ambos grupos avanzar en direcciones opuestas. Estuvo allí mirando ensimismado. —¿En cual de los dos esta Edrid? ¿Estaba en aquel grupo? ¿En el otro? ¡Dioses! — pensó, y bajo a la carrera. 
Escogió el grupo más grande. La Capa parecía quejarse, no lo entendía, nunca se había comportado así. —¿Estaría equivocado?. —Siguió de cerca a la caravana, mientras fuera de noche no tendría nada que temer, estaba oculto bajo la capa. Este grupo se dirigía a Koral, la ciudad Capital del Imperio. Llevaba también la mayoría de los presos. Ahora sólo quedaba el próximo pueblo para hacer algo. Si llegaban a la ciudad, ya no habría esperanza para rescatar a nadie. Tenía que descansar y así lo hizo. Agazapado detrás de un arbusto, durmió con los pies bien extendidos y la mirada puesta en la luna que empezaba a menguar. Contaría con algo de luz la noche siguiente.

(Capítulos Anteriores)

Continuara…

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