Una niebla.
Al despertar, Edrid se levantó de golpe.
Tropezó con piernas, brazos y cabezas. Topó con las rejas, con barrotes y las miradas de los guardias. Retrocedió dando un par de pasos temblorosos, al tiempo que comprendía que no había salida, que estaba atrapada en una celda rodante y que no estaba sola, su celda estaba llena de presos que parecían más muertos que dormidos.
Edrid se paralizó en medio de la celda y midiendo pasos cortos se fue arrimando hasta una de las esquinas. Desde allí podía ver la pequeña extensión en la que se encontraba recluida, el bajo techo de madera sólida y las hileras de presos que dormían hombro con hombro en el suelo. Sólo había mujeres en aquella celda y le sorprendió reconocer que no sabía como había llegado hasta allí.
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| Edrid Robles |
Edrid no conseguía recordar. Sólo con intentarlo sintió una punzada en medio de la nuca, se le nublaron los ojos, ahogó un grito y calló de rodillas. La cabeza empezó a dolerle entre punzadas ardientes, que silbaban en sus oídos un dolor que jamás había sentido. Se palpó la parte trasera de la cabeza, pero no conseguía tocar la aguja que impedía remembrar cualquier imagen pasada.
Se volvió a poner de pie. Respiró profundamente. Aquel lugar olía a excremento, sudor y mugre, todos en un revoltijo de aromas que parecían ser mecidos por el viento nocturno. Sintió tristeza por un momento y su cabeza, sin saber exactamente que ocurría, intentaba recordar lo que había pasado. Esta vez la punzada fue más débil y le permitió vislumbrar lo ocurrido, más el dolor de cabeza era incesante.
Ahora no solo temblaba por el frío. Aquellos escalofríos fueron acompañados por espasmos de pánico que le empezaron a sujetar la garganta. Alguien le había puesto en aquel lugar, la había atrapado y dejado allí en medio de la inmundicia y los presos.
Uno de los durmientes se puso lentamente de pie. Era una mujer regordeta de gruesas cejas y cara redonda, tenía el rostro sucio y un vestido largo que se le había roto en varios lugares. Empezó a acercarse y Edrid se pegó sin querer contra los barrotes de la celda. La mujer tenía la mirada puesta en ella, le examinaba de arriba a abajo. Tenía el entrecejo fruncido pero toda aquella apariencia tosca se transformó en un segundo cuando comenzó a hablar.
—Edrid, ¿Estás bien? —Preguntó la mujer mirándola de frente, su voz era una mezcla de piedad y fatiga.
—Edrid, ¿me escuchas? —Preguntó de nuevo la mujer. — ¿Estas bien?
— ¿Me hablas a mi?
—Sí pequeña, ¿Cómo estas?
—Yo... ¿Quién eres? —dijo, a la vez que se llevaba las manos a la cabeza. Sentía puntadas desde la nuca hasta la frente. —No sé como me llamo... No puedo recordar.
—Está bien querida. Soy Lisa. ¿Me recuerdas?
Edrid negó con la cabeza. No recordaba a Lisa, no sabía su pasado o quién era, pero algo dentro de ella no dejarla de transmitirle confianza y tranquilidad. Edrid no podía explicar si era por su postura o su forma de hablar, pero Lisa, la hacía sentir mejor sólo con estar allí.
—Sino me recuerdas no importa. Pero tienes que saber que tu nombres es: Edrid Robles... —Dijo y se interrumpió a si misma. — ¿Qué es lo ultimo que recuerdas?
Con sólo intentar recordar Edrid sintió de nuevo los dolores, eran menos fuertes, pero ahora las sienes le latían con fuerza. Después de cada esfuerzo su cerebro era recorrido por cientos de pinzas que jugueteaban por dentro de su cráneo.
—Me duele la cabeza. Dentro. —le dijo
—Concéntrate Edrid. —Respondió Lisa, en un tono bajo y seguro.
—Es como si me pincharan con agujas. —Lisa asentía mientras le ayudaba a sentarse, le sostuvo la mano. Edrid sintió la solides del brazo de la mujer. Suspiró profundo antes de responder. —Lo ultimo que recuerdo es... la fiesta. Estamos planeado una fiesta, faltan los manteles y un Mago ha decidió colocar algo de magia luminosa en los suelos. Las flores no llegarán... cortaremos de afuera. No vendrá papá. Nunca viene. Ni Robert, y mamá, no quieren reunirse, no quieren verse.
—Ve un poco más adelante.
—Me cambié de ropa... Había una capa negra en la cama. La abracé, le puse varias partes de mi, cinco o seis. Pensé que era demasiado, pero era un gran regalo. Esa cosa es inteligente, puede aprender. —Dijo Edrid pensativa. La capa era el ser más impresionante que había creado, incluso más que el que era capaz de invocar oro. Eso...
— ¿Qué más? ¿Edrid? —preguntaba Lisa, pero Edrid estaba parada cada vez más pálida, y temblorosa.
—No lo recuerdo, no recuerdo nada aparte de lo que te he contado. ¡Mis encantamientos! No puedo ver más. Yo...
—Tranquila niña. —Dijo Lisa, poniendo cara desesperada.
— ¿Recuerdas cómo encantar?
—Eso no lo puedo olvidar. —Dijo imaginando un cuadrado para comprobarlo. Podía verlo nebuloso justo arriba de Lisa. Sabía que solo hacía falta algo de energía vital para convertirlo en un Encantamiento. Aquella imagen nebulosa era solo una sombra de sus ideas. Las había creado muchas veces sin siquiera darse cuenta, era la única prueba que necesitaba. Claro que era capaz de encantar —Puedo Encantar. Pero mis Encantamientos avanzados, todos están aquí dentro pero es como si...
—Una niebla. — Dijo Lisa, mirando afuera. —Un espacio vacío, un lugar del que no sabes como entrar o salir. Una esfera, blanca o negra allí, donde estaban todos los recuerdos...
— ¿Tú también?
—A todas nos han robado memorias
Lisa miró a las demás mujeres que estaban acostadas en el suelo. ¿Cómo ha pasado todo esto? ¿Cómo fue que llegamos hasta aquí? ¿Porque no habían encantado los barrotes? Era tan fácil. No, no era fácil. Si encantabas los barrotes todos los soldados las matarían de seguro.
—No sabemos bien que nos hicieron. —Continuó Lisa mirando a todas las que aún dormían. —Todas hemos olvidado algo de nuestras vidas. Algunas no recuerdan su niñez, otras los últimos días, algunas fragmentos aislados. —Respondió Lisa. —Tú pareces haber olvidado tramos también, pensé que serías diferente, siempre fuiste más fuerte, especial. Al menos puedes encantar. Casi ninguna puede. —Lisa hizo una pausa y cambió su tono de voz. — ¿Qué recuerdas de Trebor?
— ¿Trebor? —Ese nombre le hacía sentir extraña, como si... no. —No, no lo recuerdo. ¿Quién es? —Pero sintió de nuevo una punzada en la cabeza fuerte y sonora. Gritó de puro dolor. — ¿Qué esta pasando? ¿Como llegamos aquí? ¡Déjenme salir!
Subió la voz y uno de los guardias la golpeó en las costillas con una vara a través de los barrotes.
— ¡Calla! ¡Despertarás a los otros! —Gritó el guardia. —A dormir.
—No subas la voz y déjame contarte.
Lisa comenzó a relatar. La mansión de Edrid había sido atacada por los Magos Imperiales. Lisa era “La señora de la Provincia del Norte” dueña de cientos de hectáreas de tierra fértil.
Al principio, ella había pensado que los habían atacado por los comentarios de su esposo en contra de las recaudaciones de impuestos del Emperador. Luego entendió que las ordenes eran otras.
Aquella noche no hubo negociaciones ni disputas. Fue un ataque inhumano en contra de cualquiera que estuviera vivo. Murieron muchos. Sólo unos cuantos escaparon, y los que quedaron fueron capturados. Los habían metido en esas jaulas de metal. Largos carros techados que avanzaban lentos al sur, con un destino: la ciudad Imperial.
Aquella noche no hubo negociaciones ni disputas. Fue un ataque inhumano en contra de cualquiera que estuviera vivo. Murieron muchos. Sólo unos cuantos escaparon, y los que quedaron fueron capturados. Los habían metido en esas jaulas de metal. Largos carros techados que avanzaban lentos al sur, con un destino: la ciudad Imperial.
Lisa también le contó acerca de Trebor. Según Lisa, era un gran amigo de Edrid. Había salvado a muchos Encantadores y todo había terminado en los jardines de la mansión. Ninguno podía siquiera pensar en defenderse. Aquella noche, Trebor peleó acabando con sus enemigos en una serie de ataques de fuego y magia. Era el único mago en todo el lugar. El único que los había defendido.
Luego del ataque, ninguna de las mujeres recordaba como habían llegado allí. Les habían dado algo para dormir, una especie de químico que les hacían inhalar y cuando despertaban, habían olvidado algo de si mismas, y casi todas perdían su facultad de Encantar.
Cuando Lisa terminó su relato, Edrid miró afuera. La oscuridad nocturna apenas le dejaba ver la sombra insipiente de una montaña lejana, alterada por los barrotes del carro donde la transportaban. Suspiró comprendiendo que quizá era mejor haber muerto aquel día, o no haber despertado nunca. La realidad en la que se encontraba olía a sudor, excremento y miedo. Se apretó las rodillas contra el pecho. Nada tenía sentido, había perdido algo fundamental, algo que la hacía querer estar viva. Sin quererlo comenzó a llorar. Lisa se sentó a su lado y la abrazó con fuerza.
Mucho rato después, Lisa comenzó a hablar entre susurros.
—Algunos piensan escapar mañana en la noche. Si puedes encantar, podrías ser de ayuda.
Ella miró a la mujer directo a los ojos. Estaba sucia, cansada y ojerosa. Tenia el cabello atado en un moño de tela improvisada, pero ninguna de esas cosas debilitaba el poder de su mirada, que era determinada y segura. Eran los ojos de un general que ha peleado mil batallas y no consentía perder una más.
—Mataron a mi esposo —Dijo entonces. —No me iré sin matar a ese hombre, al líder de esta caravana. He estado preparando un encantamiento. Uno para los carros de adelante. Sólo tengo que tocarlo y se partirá a la mitad. Toda la madera de convertirá en astillas, cientos de astillas volaran como flechas. Los mataran al instante; tardé dos días en prepararlo, dos días enteros.
— ¿Cuando piensan...? —preguntó Edrid.
—Mañana. —Respondió Lisa. —Cuando no halla luna en el cielo.
Edrid asintió mirando el hilo curvo que era la luna menguante. — ¿Qué haré si escapo? —pensó. ¿Y luego, qué haré? No puedo volver a casa, ya no existía su casa, no recordaba mucho, no tenía amigos con los que esconderse. De igual forma había que escapar. ¿Quien sabe que puedan querer hacerme si me quedo?. Edrid tomó un suspiró tembloroso. —Escaparé—pensó decidida. —Aun queda un lugar a donde ir.
— ¿Puedes encantar los barrotes? —preguntó Lisa de pronto.
Edrid tocó los barrotes y los sintió. Podía encantarlos. Quizá no tan rápido como antes, pero sí que podía. Asintió.
— ¿Podrás hacerlo mañana?
—No lo sé. —le respondió sin quitar la vista de la luna. —Pero lo intentaré.
Metal y Astillas
Amaneció muy pronto. Tanto que Edrid pudo seguir el escape de la sombra a la llegada del alba. Ella no se había movido de lugar. Estaba tocando los barrotes en un juego inconciente con sus dedos, a la vez que concentraba su mente, alejando los dolores punzantes e imaginado su Encantamiento.
Mientras se concentraba, notó que su memoria estaba invadida por esferas negras. Huecos oscuros y lisos, que le hacían resbalar los recuerdos hasta perderlos por completo. Memorias que sabía que estaban allí, dentro de esas esferas negras a las que de tan sólo notarlas le hacían sentir punzadas palpitantes en todo el cráneo. Podía recordar con claridad su niñez, su forma de vida, sus sueños de niña, y entonces, llegó a la academia de Encantadores y podía recordar con todo detalle aquellos días. Recordaba casi con claridad las enseñanzas de la Profesora Hill, quien le enseñó los rudimentos del Encantamiento. Era en esos recuerdos que hurgaba Edrid. Porque más adelante no era capaz de encontrar un sólo recuerdo que tuviera que ver con sus poderes.
Pensar en un Encantamiento era del todo complejo, aun sin tener esas punzadas repentinas en la cabeza. Tener claros tus pensamientos era fundamental. Lo que necesitaba Edrid, era un Encantamiento espontáneo. Era eso lo que buscaba. Un Encantamiento que ocurriera tan rápido que fuera imposible detenerlo al momento de su formación. Para eso necesitaba que fuera tan sencillo y tan potente que ocurriera en menos de un segundo. Así que paso a paso comenzó a Encantar los barrotes.
Lo primero era la Semejanza: Consistía en imaginar puntos similares a los de tú figura final, a los del material a Encantar. Era en estos puntos donde se ataban los sueños de los Encantadores a la realidad. Lo segundo eran las conversiones: elementos que tú sueño doblaría o adaptaría para poder llegar a tener vida propia. A decir verdad, la mayoría de estas conversiones eran casi imposibles de seguir. Pero si podías facilitar el proceso, al menos un poco, ahorrabas energía vital, cosa que sólo podía sacarse del fuego, o la vida misma del encantador. La fase final era la transferencia: consistía en inyectar emociones e inteligencia a los Encantamientos, “Nada existía sin motivo para existir” así mientras más motivo y detalles fueran trasferidos, mayor era su capacidad de aprendizaje, su inteligencia para lograr el cometido. A veces, como había comprobado Edrid, los resultados eran inesperados, pero increíbles.
Los barrotes eran duros, así que empezó imaginando el esqueleto metálico de un cuadrúpedo. Su cuadrúpedo tendría un poco más de un metro de alto. Cuando lo tuvo listo en su mente, empezó a imaginar el resto de su cuerpo, la forma de moverse sus uniones y los puntos sólidos. Imaginó su temperamento volátil y su rabia controlada sólo por los pensamientos de su ama. Su cualidad de convertir en hierro en espinas, astillas metálicas que se aferraban a su cuerpo engordando su cráneo, hombros y por ultimo haciendo de piel a tan extraño animal. Con el paso de las horas, poco a poco se fue forjando la imagen de aquel extraño ser, que terminó por parecer un cuerpo espin de hierro, madera y piedra, de metro y medio de alto.
Cuando llegó la comida. Edrid se dio cuenta que había pasado horas imaginando pacientemente. Que estaba cansada y que sus ojos cerrados no se habían adaptado a la luz del sol. Notó también varias miradas que la observaban desde todos los puntos de la celda. Los rostros sucios de tierra y lágrimas, de inmediato enmudecieron cuando ella abrió los ojos. Sus caras de terror y sufrimiento, le hicieron comprender que el olvidar no apartaba los temores más simples, como el de perder la vida. Aquellas mujeres le suplicaban silenciosas por ayuda.
—Come. Necesitas estar fuerte. —Le dijo Lisa, llevándole un plato de madera lleno de sopa. — ¿Cómo te sientes?
—Mejor. Me ha dejado de doler la cabeza. —Le dijo a Lisa.
—Se te pasa con el tiempo. A mi me pasó al despertar. —Dijo Lisa sentándose a comer a su lado. Otra mujer delgada y alta se les acercó.
—Eres Edrid, ¿No es verdad? —Pregunto una mujer delgada y baja.
—Eso dicen.
—Un placer, Edrid. Soy Riolda. —Dijo. — ¿Puedes encantar? ¿Nos sacaras de aquí? Tú sueño en verdad es algo raro. Nunca se me habría ocurrido algo así.
— ¿Pueden ver mi sueño?
—Unas dicen que imaginas muy fuerte. Es un oso con piel de espinas, ¿No? Es algo alocado, pero que harás con él...
Aquello era algo que había pasado por alto. Todo encantador podría ver su sueño. Sólo algunos Encantadores podían esconder los suyos, y ver los sueños indicaba que podían hacer Encantamientos también.
—Sólo escapen cuando llegue el momento. —Respondió Lisa. —manténganse juntas, elijan una dirección antes de esta noche.
— ¿Estas segura que sola, podrás transferir ese animal? —dijo Otra mujer desde detrás, una mujer menuda que tenia la cara delgada y larga. —Soy Clavine. Era Maestra en una de las escuelas de Encantamientos y hará falta mucha más energía de la que tienes, si lo que quieres es transferir a ese oso.
—Es lo que había pensado. — Respondió Edrid. —Creo poder usar mi energía vital, pero me siento muy débil.
—Hará falta fuego entonces. —Respondió Clavine.
—Yo puedo imaginar un ser que haga fuego. —Dijo Riolda, con una sonrisa. —Sólo necesito un par de piedras y una tira de vestido. Puedo hacer que queme. Es pequeño y fácil de Transferir. —he hizo un gesto, con el hombro como quitándole importancia. —Luego de que todo esté en llamas. Podrás transferir tu Oso de espinas.
Riolda, no esperó mucho para conseguir las piedras y se arrancó un pedazo de tela del vestido. En poco tiempo, empezó a ver el animal que era capaz de hacer fuego. Era muy parecido a un pequeño ratón. Edrid, no pudo dejar de notar lo simple e ingenioso que era aquel método. Era capaz de quemar con fricción. Sus brazos de piedra diminutos podían rotar a tal velocidad, y rozándose uno con otro, calentaban lo que tocaran. Los pequeños brazos del ratón de fuego, como le llamó Riolda, eran capaces de ponerse al rojo vivo en un par de segundos.
Anocheció y todas intentaban actuar con naturalidad. Pero era casi imposible. La ansiedad de verse libres hacía que todas estuvieran pendientes de cada uno de los movimientos de Lisa, que pasaba de un lado a otro del carro, caminando bajo y mirando a hasta atrás de la caravana.
El sonido de un ave hizo que Lisa se detuviera de pronto. Había anochecido y los soldados estaban comiendo la cena. Edrid tenía listo el encantamiento. Riolda y su ratoncillo, sólo esperaba el momento justo para hacer arder alguna cosa.
Lisa se acercó a Riolda y dijo.
—Es hora.
Riolda soltó al animal, y al instante el roedor salió de la celda a todo correr y encendió un tupido tronco seco. Pero la llama era tan pequeña que apenas era visible. Luego corrió hasta los arbustos y empezó a hacer pequeños incendios en cada una de las patas.
—Las capas de los soldados arderán mejor. —Dijo Lisa en un hilo de voz.
El ratón pasó volando delante de ellas como una sombra diminuta. Se acercó corriendo a donde los guardias guardaban sus ropas y de inmediato comenzó a hacer fuego. Aquella treta estaba funcionando mejor que los arbustos que apenas estaban agarrando calor. Las capas comenzaron a arder mucho más rápido y Edrid supo que sólo con una buena llamarada podría hacer su encantamiento Espontáneo. Pero los Soldados notaron los arbustos ardiendo y corrieron a apagarlo. Buscaron agua y tierra, sin saber que justo detrás las capas y ropas tomaban fuego a una mayor velocidad.
—Es tú turno Edrid. —Dijo Lisa imperiosa. Pero Edrid sabía que aun no era suficiente. —Lo apagaran. Edrid ahora.
El fuego tomó un poco más de fuerza pero aun no era suficiente.
—Mujer, ¡ahora! —gritó Lisa.
Los soldados voltearon a ver sus ropas y Edrid supo que no tendría otra oportunidad. Así que aspiró la energía vital del fuego, e iluminó a su Sueño para entonces transferirlo a los barrotes. Todas las Encantadoras presas vieron que no era suficiente. Su Oso espinado no sería capaz de formarse por completo.
Edrid no se detuvo y comenzó a recrearlo. Cambió un detalle aquí, otro allá y luego acomodo los puntos de Transferencia y los barrotes del lado derecho volaron doblándose, torciéndose y fundiéndose en formas amorfas para luego dar forma violentamente a un esqueleto alto y robusto, pero sin piernas traseras.
El Oso no tenía ninguna espina ni piernas de atrás. Más los soldados dieron la alarma al ver semejante animal. Dos de los arbustos tomaron fuego suficiente y Edrid volvió a aspirar y formó instantáneamente los miembros traseros y fue suficiente para transmitir al oso solo dos emociones: Rabia y Hambre.
El Oso salió disparado contra los soldados. La bestia de hierro los embistió y corrió desesperado contra los barrotes de los otros carros y los mordió. Para sorpresa de Edrid con cada mordida comenzó a crecer. Su cuerpo había hecho unas pocas espinas, pero su Esqueleto con cada mordisco a los barrotes se hacía más alto y robusto. Cuando acabó con los barrotes del carro de atrás, escaparon los encantadores. Corrían desordenados a la oscuridad de la noche.
Entonces empezó a morder los tablones de madera y ésta pasó a ser su piel de espinas. El oso tomó la fuerza suficiente como para darle vuelta al carro y luego mordió las ruedas y el eje. Aquello era ahora una bestia que en cuatro patas superaba la altura de Edrid. Ella lo controlaba como se controla a un toro. Apenas halándolo por las orejas. Pero la furia de ver soldados era incontenible.
Entonces el primer golpe llegó desde atrás.
Era un mago con su bata negra y su capucha echada. Lanzó una lengua enorme de fuego contra el oso, pero antes que llegara Lisa absorbió aquella gigantesca y potente fuente de energía. Estaba dándole fuerzas a su encantamiento. Edrid arrojó otra intensión a su Oso, y éste saltó contra el mago que puso delante de él un escudo de energía, pero sólo bastó un zarpazo para lanzarlo a volar por los aires.
Otro Mago bajó del carro y atacó con cintas de aire. Golpeó con fuerza el rostro del Oso, ahora cubierto de espinas de madera, hierro y piedra. El golpe desfiguró al animal, pero este resistió y embistió al mago aplastándolo sus las patas.
Sólo un instante después Lisa transfirió su Encantamiento al carro de los Magos. De inmediato se escuchó un estruendo. Edrid pudo ver un ser que no era uniforme. Su única misión era estallar y así lo hizo. La madera se comprimió junto con el hierro y las ruedas. Estalló tan fuerte que Edrid aun dentro del carro temió por su vida.
Al menos doce hombres y mujeres, Encantadores y Magos, fueron cercenados por la locura que Lisa había desatado. Miles de proyectiles dispersos en todos los sentidos y direcciones. Edrid Puso al Oso delante de ella y el animal gimió agónico después de semejante golpe. Varios clavos de Hierro rozaron a Edrid y se clavaron en la pared en la que estaba apoyada.
Cuando volvió la vista. Notó que la mujer del Ratoncillo sonreía sin vida. La habían atravesado por tres largos listones de Madera. Otras dos mujeres sangraban boca abajo y de Liza sólo quedaba un vestido ensangrentado y un rostro desfigurado. Al menos ocho magos murieron en la explosión. Pero otros dos peleaban contra el Oso herido.
Ella salió corriendo del carro. Corrió lo más fuerte que pudo y con cada paso que daba lejos del Oso este escapaba un poco más de su control. Viviría apenas uno diez minutos más, pero sus motivos de Rabia y comida lo harían fuerte. Así que corrió sin rumbo, repitiendo en su mente la dirección del único lugar al que podía escapar.
"Calle 5, Casa de las Caras, Barrio Marak."

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