Entre Encantadores y Magos Parte V


Descubrimientos.

(14 meses antes.)

Durante las Ferias de los poderes, se presentaban los grandes descubrimientos de los Magos, Encantadores e incluso, las invenciones de los Comunes. El Rey sólo escogía a dos ganadores. Uno de los premios se repartía entre Encantadores y Magos, el otro, pertenecía a los Comunes. Los ganadores se volvían dueños de una gran propiedad, una bolsa que contenía quinientas piezas de oro. Robert, había participado en las últimas tres ocasiones y en ninguna había estado tan seguro de su victoria. Claro que en los últimos siete años el Rey no había escogido ganadores.


Ese año, la Feria sería en una de las grandes casas veraniegas de la familia real. Robert antes había asistido a bailes en aquel lugar. Se notaba que lo había modificado para este evento, el lugar era irreconocible. El salón medía unos treinta metros de alto y se sostenía en delgadas columnas que sobre salían de los muros exteriores. Hermosas escaleras en forma de caracol permitían el acceso al primer piso, que hacía de balcón a la planta más baja. Largas guirnaldas de flores naturales colgaban de lámparas de bronce,  y en lo alto, amplios ventanales de cristales transparentes recorrían los bordes en donde el techo tocaba las paredes.
Aun siendo muy temprano, Robert se preparó para su presentación. Ya algunos de los participantes se acomodaban en el amplio salón y los grandiosos aparatos de los Comunes entraban siendo llevados en hombros. Había muchos inventos cubiertos con sábanas blancas, los habían organizado por tamaño, de mayor a menor, algunos Encantadores llevaban consigo varios implementos, artefactos y aparatos de formas desconocidas. Mientras que la mayoría, los Magos habían colocado un par de sillas en su espacio de presentación, los magos no necesitaban ningún implemento para hacer la presentación de sus nuevos Hechizos, con la Magia les bastaba.
Robert, se mantenía callado y alejado del resto. Se sentía tan seguro de sí mismo que se había colocado de último en la exhibición. Quería ser el plato fuerte la tarde. La espera valdría la pena, si conseguía cambiar la cara de aburrimiento a todos los señores presentes, por una de sorpresa absoluta.
Observó su invención y supo que se llevaría el oro. No había ningún hechizo, invento o encantamiento que superaran a suyo. No podía ser de otra forma. Tenía claro que todos los demás mejoraban algún aspecto de antiguos artefactos, encantamientos e incluso el moldeado elemental que los Magos llamaban Magia. Su invento era algo original y excepcional. No mejoraba nada que existiera y era ésta la razón por la que los demás no eran competencia. Su inventó sería reconocido como descubrimiento, a decir verdad. Más importante, ganar esta feria lo convertiría en una leyenda, muy superior al nivel de sus padres y su destacada Hermana.
Eran ya casi las once de la mañana cuando se presentó el Príncipe Ebran. Iba acompañado de su hermana Calmida. Robert recordó que ambos eran comunes. El Rey era un poderoso Mago, pero sus hijos habían nacido sin ningún Don. Era una de aquellas infortunas que había sufrido el reino, nadie osaba hacerlo notar.
El Príncipe, un joven de apenas quince años, vestía con el traje de gala de la realeza, llevaba un jubón color mostaza y pantalones oscuros, un medallón dorado que parecían un espejo pequeño y una daga de vaina plateada a la cintura. Al igual que la Princesa, lucía una capa azul oscura y corta, con el escudo bordado de la Familia Real.
Los príncipes iban tomados de la mano. Era una pareja extraña, pues Calmida le sacaba un palmo de altura al Príncipe Ebran. La Princesa llevaba un vestido azul claro de seda, que parecía estar encantado en sus faldas, pues dejaba una ligera estela rosa por donde pasaba.
Robert, no pudo dejar de deducir que el hijo menor del Rey, no era más que un engreído por su forma de caminar y por la denigrante manera en la que miraba los grandes artefactos de los Comunes. Sin embargo, dos de ellos fácilmente podrían ganar la Feria aquel año: uno que permitía transportar grandes cargas a un único hombre; mientras que el otro era un conjunto mecánico de engranajes, que dejaría a los escalones y escaleras en el pasado, o eso era lo que decía su inventor.  El Príncipe pasó sin tomarles mucho en cuenta. La princesa, en cambio,  se quedó haciendo preguntas a los Comunes y sus inventos.
Robert, perdió de vista al Príncipe por un instante. El joven no se había detenido entre los Encantadores y se perdió entre la gente que iba a admirar las demostraciones. Robert subió la escalera que estaba justo detrás de su puesto de presentación. Era una pequeña escalera en caracol que llevaba al primer piso. Cuando estuvo arriba, de nuevo encontró al chico. Había avanzado al lado de los Encantadores sin detenerse, para llegar directamente al sector de los Magos.
La Princesa por su lado, convencía a los inventores para hacer algunas pruebas o demostraciones para ella; estaba más interesada en el aparato que podía subirte sin usar escaleras. Robert, también había estado interesado en aquel artefacto. Sin duda la Princesa tenía la inteligencia suficiente para ver la utilidad de aquel aparato. Su inventor lo  llamaba, “Carreta Vertical” resultaba bastante útil y funcionaba únicamente con agua y Magnetos. En su demostración levantó a la Princesa hasta el primer piso donde estaba Robert. La chica los aplaudió emocionada y todos lo aplaudieron a su vez.
Más adelante, muy separado ya de su hermana, el Príncipe Ebran entrevistaba de cerca a los Magos, en realidad eran los menos numerosos de toda la feria. Sólo ocho competían este año. Todos tenían Sillas puestas en sus lugares de presentación. El único que contaba con una mesa y un artefacto era él. El Príncipe llegó hasta su lugar, y levantó sin decoro el paraban que ocultaba el invento de Robert.
— ¿Cómo es que un Mago trae un artefacto encantado? —Dijo en voz alta el Príncipe.
—No es un artefacto encantado, su Majestad. —El jovencito retrocedió un paso para ver a Robert, que bajaba lentamente las escaleras.
—Cómo te llamas, Mago.
—Soy Robert Robles, Su majestad. —Dijo Robert a la vez que hacía una reverencia.
— ¿Eres el hijo de Héctor Robles?
—Así es, mi Príncipe. 
—En honor a tu padre, y sus grandes hazañas, permitiré que me expliques. ¿Por qué le hace falta a un Mago un artefacto? Estás en el área de los Magos ¿o es que acaso equivocaste el camino? —El chico terminó de retirar el Paraban y los Magos circundantes se acercaron para ver más de cerca, lo que Robert celosamente había escondido de sus ojos. — ¿De qué sirve todo este aparataje, Robert Robles?
—Su Majestad. Pretendo dar esta noticia al Rey personalmente. —Dijo Robert en un tono dulce y falso. —Mi inventó revolucionará el Imperio entero, pero si lo dejo a la luz, mis competidores podrían tomar ventaja. Además... no sería una sorpresa para toda la audiencia.
—No pienso estar aquí cuando mi padre llegue, tengo otras cosas que hacer...
—Podría decírselo a usted únicamente, su Majestad. —Dijo Robert, intentando sacarle provecho a la llegada curiosa de aquel joven. —Si promete guardar el secreto hasta que lo presente a su padre.
—Tiene mi palabra, Mago Robert.
Robert guió al Príncipe a la escalera y volvió a poner el Paraban en su lugar. El Príncipe se detuvo en lo alto de la escalera y todos los miraban con suspicacia. Robert, se acercó al oído del joven y comenzó contarle el propósito de su artefacto. Este frunció el entrecejo mientras Robert conversaba. Y luego como entrando en el tema, fue abriendo los ojos como platos y miró el aparato de abajo. Cuando Robert terminó de hablar, El Príncipe, bajó a toda prisa y volvió a quitar el Paraban. Ahora examinaba con detenimiento el invento. Intentó cargarlo, Robert sabía que era ligero, por lo que el Joven lo levantó y miró por debajo.
El invento de Robert estaba compuesto por varias varas flexibles de acero, cobre y bronce, que terminaban todas casi a la misma altura, y se encontraban sostenidas con agarraderas, daban la impresión de ser una especie de árbol metálico con hojas en forma de pequeñísimas esferas. La Base en donde se sostenía el aparato, era una semiesfera hueca por debajo. Varias esferas de oro y otros materiales estaban tachonadas contra las paredes de la base.
—Si lo que dices es cierto. Quiero ser el Primero en probarlo. —Dijo el Joven mirando el artefacto y dándole vueltas en sus manos.
Robert bajó lentamente las escaleras hasta estar a la par de Príncipe. Lo miró pensativo. El jovencito no tenía idea del espectáculo que estaba haciendo. Todas las miradas estaban en ese momento sobre Príncipe y el mismo. Era una sensación embriagante ser el centro de aquellas miradas ansiosas.
—Su Majestad. —Comenzó a decir Robert en un tono en el que todos pudieran escucharle. —Le prometo que será el primero. Pero tendrá usted que participar en la demostración al Rey.
El Príncipe sonrió conforme.
—Tienes que saber algo Mago Trebor. Nunca me gustó esperar. —El Príncipe empezó a alejarse y se detuvo a unos pasos de Trebor. —Traeré a mi padre hasta aquí desde el principio.
Aún no comenzaba la Feria y ya se sentía vencedor. Robert observó como el Príncipe se alejaba a paso rápido y decidido. Todo acabaría al comenzar. En ese momento, se escucharon las trompetas anunciando la llegada del Rey. Aquel redoble de Trompetas le hizo temblar hasta el último cabello de su ser. Robert sabía que era ahora o nunca, empezó a poner a punto el aparato. Apenas, necesitaba un par de cosas para hacerlo funcionar. Una esfera con un poco de poder mágico que le había agregado. Robert, había nacido con ese don en particular, podía ver el poder mágico que habitaba en los materiales. Era un don inútil, a fin de cuentas, nunca había servido para mucho. Pero él había sabido aprovechar lo poco que los Dioses les habían dado.
Un segundo toque de trompetas se hizo escuchar. Robert detuvo sus preparativos. Dos toques sólo se hacían cuando el Rey tenía algo importante que decir. La gente subió por las escaleras para poder ver al regente mientras hablaba. Robert hizo lo mismo. Subió y esperó, mientras detallaba de lejos la humanidad del Señor de los Valles y las montañas.
El Rey era un hombre alto y de gran corpulencia. No estaba fuera de forma y su cuerpo era robusto y ágil, con ojos duros y oscuros, con cabellos largos y brillantes, como un metal negro y pulido. El Príncipe había sacado todo de su padre, excepto quizá la altura.
—He venido hasta aquí con una noticia y un invento. —Dijo el Rey, con un tono de voz duro y alto.
Los murmullos y susurros de emoción contenida empezaron a esparcirse por todo el lugar. El Rey levantó ambas manos y dijo:
—Esta mujer a mi lado es una Encantadora. Hija de Héctor Robles, el Héroe de las batallas de Baltor y señor de las montañas del Norte. —dijo el Rey llamando entre los asistentes a la Mujer de cabellos caoba que sonreía sonrojada.
La sangre de Robert se heló en el preciso momento en el que el Rey había dicho el nombre de su hermana.
—Esta vez no ganará. —Susurró Robert, en voz tan baja que pareció el siseo de una serpiente. —No esta vez.
—Les presentó a Edrid Robles y su invento. Mejor dicho su Encantamiento. —Continuó el Rey.
Fue entonces cuando Robert notó que a los pies de Edrid caminaba un Hombrecillo de no más de cuarenta centímetros de alto, tallado en madera. Se movía con la naturalidad de un ser humano. Era cierto que los Encantadores podían dar vida a los elementos, pero tardaban demasiado tiempo en hacerlo y generalmente, después de transferida la vida, duraban vivos apenas unos minutos. Aquel ser era diferente. De éste irradiaba una gran energía mágica. Robert apretó la baranda con las manos, ¿Qué podía haber inventado su Hermana? ¿Es qué le arrancaría también esta victoria?
Robert observó al Príncipe que caminar hacia él. Llevaba la vista puesta en su aparato. Pero la voz de su hermana le quitó la atención.
—Esto que voy a mostrarles es algo que no sé si podré repetir, es necesario que estén atentos. —Dijo Edrid, tomando al hombrecillo entre sus brazos como si fuera un bebe.
Lo puso de pie sobre una mesa. Era de madera oscura y envejecida, tendía símbolos escritos por todo su cuerpo. Desde donde estaba Robert, notaba que el muñeco de madera parecía hablar sin mover su boca. Al lado de Edrid, el Rey sonreía orgulloso.
—Este pequeño ser es capaz de hacer invocaciones por sí solo. Invocaciones que para nosotros los humanos son imposibles. —Continuó Edrid ahora concentrada.
¡Que clase de farsa era esta! Las invocaciones habían desaparecido cientos de años atrás, nadie hacía invocaciones, no existía ningún Mago o Encantador que supiera cómo invocar. La última invocación había sido la cúpula del castillo Imperial. Tenía casi quinientos años de invocada.
El pequeño hombrecito de madera, dio unos pasos hacia el Rey, y le dijo algo en tono bajo. Nadie escuchaba lo que decía. Robert estaba demasiado lejos para poder siquiera apreciar el susurro. Pero cuando se separó del Rey, un par de luces brillaron en sus manos y una esfera del tamaño de un puño apareció de pronto entre los dedos de la marioneta de Edrid.
La esfera estaba al rojo vivo y el hombrecito las sostenía sin chistar. Edrid no sabía lo que hacía. Pues el don de Robert, le mostraba que aquella esfera contenía tanta energía como quinientos Magos juntos. La esfera se enfrió con el sonido de un siseo.
—Lo que ven es cierto. —Dijo El Rey tomando de las manos del hombrecito la esfera.  —Este encantamiento, es capaz de Invocar Oro puro.
Los murmullos y aplausos del público fueron comedidos y dispersos. Las personas no sabían qué hacer ante semejante descubrimiento. Estaban aterrorizados, impresionados, atónitos ¿Qué pasaría ahora? ¿Los Encantadores podrían hacer todo el oro que quisieran? ¿Y ellos, y el Reino?
Robert parpadeó. No se atrevía a hablar. Si ese ser era capaz de traer energía como esa dentro de una esfera de Oro, Robert podría superar los muchos problemas que tenía para hacer funcionar su invento de manera perfecta. A decir verdad, podría hacer que su aparato hiciera cambios permanentes en las personas sometidas a su invento. No harían falta muchas modificaciones para integrar esa pequeña esfera con... En ese momento el Rey habló por encima de todo el bullicio del salón.
— ¿Quién de entre todos ustedes, se niega a que le entregue este año el premio de “La Feria de los Poderes” a Edrid Robles? —Dijo el Rey  levantando la esfera dorada delante de todos.
Robert sintió como si le patearan en medio del pecho, como su garganta se arrugaba y un dolor en los pulmones se aglomeraba de pronto. ¡Ella no ganaría!, Hasta cuando tenía que ganar... ¡No! Nunca más dejaría que ¡Ella! lo desprestigiara. No, esta vez sería diferente, esta vez...
—El mío... —quiso gritar Robert, pero sintió como lo apuñalaban por la espalda tan rápido que su voz no llegó a salir.
Se volteó de pronto y pude ver al Príncipe de pie detrás de él.  Apretaba contra su espalda una daga Encantada. Robert sintió como la daga vibraba y se abría paso lentamente entre su piel. Sentía el ardor de la herida. Intentó volverse, más la daga abrió un poco más y percibió su sangre caliente bajando por la pierna.
— ¡Calla y escucha! —Susurró imponente el Príncipe. —No sé qué es lo quieres Mago Robert. Pero yo te daré el doble de lo que mi padre te ofrecerá. Ahora cierra la boca y  entiende que desde ahora este invento tuyo, es mío. Lo harás funcionar para mí, seré su único usuario. Serás rico si te quedas callado. Desde ahora, tu invento no existe.
— ¿Alguien se atreve a sentenciar que hay un invento mejor que el redescubrimiento de la Invocación de Edrid Robles?—gritó el Rey mostrando a todos la esfera de Oro con la mano en alto, en medio del salón.
Por un momento nadie dijo nada. Todo el salón quedó en un silencio sepulcral. Robert, notaba la punzada en su espalda. No tenía otra opción, sería rico sí, pero no podía dejar de ver a Edrid, sonrojarse como una idiota. Apretó los dientes y sin saber qué  más hacer,  asintió al Príncipe.
—Entonces tengo el orgullo de decir que, Edrid Robles, ha ganado el premio de los Encantadores y Magos. En esta Feria de los Poderes. —gritó el Rey, su voz rebotó contra los muros haciendo eco.
Los aplausos comenzaron a llenar el salón y las felicitaciones llovieron sobre Edrid. Robert sin embargo apretó los dientes en una mueca grotesca.
—Que nadie note lo irritado que estas Mago Robert. Aplaude como una foca tú también—Dijo el Príncipe en un hilo de voz.
El Príncipe retiró de pronto la daga y Robert vio como rápidamente bajaba la escalera y tomaba el artefacto de Robert. Se lo llevaba a paso decidido.  Casi corriendo, Ebran, dejó el salón. Al tiempo que todos aplaudían, su hermana hacía reverencias y daba las gracias. El pequeño ser de madera aplaudía torpe chocando las palmas.
Robert se tocó la espalda y se miró la mano. Estaba manchada de sangre. De fondo aún se escuchaban los vítores que habían brotado por el salón. Él ignoró todo aquello y bajó las escaleras midiendo sus pasos. Otra vez su hermana había ganado. Pero por primera vez se lo debía a otro, no a él mismo. Eso no le hacía sentirse mejor, a decir verdad, pero al menos podía decir que esta derrota no le pertenecía.
Caminó hasta afuera del salón saliendo por una de las puertas laterales. El sol estaba en lo más alto y las blancas nubes navegaban al este, tan tranquilas y pacífica. ¿Cómo diablos había pasado todo esto? ¿Es que nunca iba a conseguir terminar de ganar su lugar? ¿Nadie le reconocería nunca?
Las lágrimas brotaron de sus ojos bañándole las mejillas.
Sin embargo —Pensó de pronto. —Había entregado más poder a un idiota engreído. Su invento, era un complejo compendio de energía y Magia. Un artefacto que permitía a un hombre Común, obtener el poder de un Mago temporalmente. Era el invento de su vida. Ahora le pertenecía a un necio.
Robert caminó lentamente esa tarde, vagando por la Ciudad Imperial. Fue ya entrada la noche cuando notó que había caminado durante horas pensando en la manera de convertir a su hermana en algo inferior a la escoria. 




Comentarios