Entre Encantadores y Magos Parte VI


El Momoy


Mosmo, era un pequeño pueblo cercano a la capital del imperio, estaba apenas a medio día de camino. Quedaba en lo alto de una loma que dejaba ver a lo lejos las murallas blancas de la Capital. Desde allí incluso, se podían ver los banderines azules del castillo ondeando contra el viento. Mosmo, era al igual que todos los pequeños pueblos del norte, eran un montón de casas apiñadas con una plaza en medio. El único rasgo que le diferenciaba de sus vecinos, era la posada. La cual era una robusta edificación de cuatro pisos de alto, que se elevaba entre las casitas rodeada por jardines y murallas.


Trebor se sopló las manos y el vapor que manó de su boca se elevó entre sus dedos. Abajo, entrando ruidosa, la caravana se adentraba en aquel pequeño poblado. Los soldados, reconocían a sus familiares, la bebida de desbordaba por las calles y las risas se escuchaban aun estando tan lejos. Los carros de prisioneros los adentraban en aquella enorme posada. Eran los únicos carros que no se unían a la algarabía. Fueron entrando hasta perderse de vista y junto con ellos, todos los Magos entraron una tras otro, en una procesión organizada de sotanas negras.  Trebor pudo contar al menos doce Magos  y los soldados no eran menos de cincuenta. Él había peleado antes en semejante desventaja, y no era nada difícil terminar convertido en un montón de carne calcinada. Tenía que esperar... ésta vez contaba con la capa y la noche sería su amiga. Algunos se irían a dormir y otros estarían borrachos: Lo que haría que su rescate fuera un poco menos suicida... sólo un poco.
A Trebor siempre le había molestado esperar, pero tenía que hacerlo. Aún era temprano y las sombras de la noche no habían acabado de salir. En esa oportunidad, como muchas otras, necesitaba contar con la ventaja que le daba llevar la capa, mientras pudiera fundirse con las sombras, tendría la oportunidad de lograr la locura que se proponía. Trebor aprovechó el desorden y se acercó hasta las afueras del pueblo. Dio algunas vueltas, intentando descubrir la mejor forma de entrar en aquella fortaleza que era la posada.
Muy cerca de la media noche, la algarabía de los soldados fue cesando. Los Magos organizaron partidas guardia, y Trebor tuvo que retirarse a un lugar más seguro. No había ningún callejón o calzada que no estuviera vigilado. Se alejó hasta un pequeño bosque que había fuera de la ciudad. Apenas a unos cuantos pasos de la última casa. Allí las sombras le darían protección y la Capa le ocultaría a simple vista.
El bosque tenía un olor fresco. Una quietud extraña que restituía sus pocas fuerzas. Se sentía un viento reconfortante que acariciaba su rostro con delicadeza. Con sólo pasar bajo la sombra del bosque sintió como su cuerpo se relajaba, se acomodaba y recomponía. Tuvo que poner toda su atención en no bajar la guardia, esa sensación de paz le estaba poniendo pesado los parpados.
No. Ese  día no podía descansar, ya descansaría después. Era la  última oportunidad de salvar a Edrid, pensaba. Luego del pueblo de Mosmo no quedaba ningún otro, sólo la Capital Imperial y ésta era impenetrable.
Se sentó apoyado en uno de los árboles. Desde allí, podía ver la posada, parte de la plaza y una de las salidas del pueblo, por el que en ese momento se alejaba una de las patrullas de soldados. Había escogido ese lugar por lo cercano. El bosque parecía querer meterse en medio de las casas del  pueblo. No habían más de quince pasos de distancia entre el bosque y la vivienda más cercana. Los separaba un claro que habían limpiado recientemente. Un intento inútill de los lugareños por alejar un poco los árboles de las calzadas y las calles principales.
Sentado allí Trebor no pudo evitar fijarse que Mosmo era un lugar hermoso. Uno en el que no habían matado a nadie y las personas trataban a los soldados con respeto y alegría. Sin embargo, los Magos eran temidos, los pueblerinos se apartaban y bajaban la cabeza cuando pasaban junto a  los hombres de sotanas negras.
Durante muchos años, los Comunes apoyaron a los Encantadores. Los apoyaban porque ellos tenían más que ofrecer que los Magos. Los Magos eran capaces de hacer arder una hoguera  sin necesidad de combustible. Podían calentar a los hombres en el invierno, incluso algunos tenían ciertas facultades para la curación. Pero los Encantadores, les hacían la vida más fácil. Cantaban las cosechas para que crecieran fuertes y en la mitad del tiempo. Podían hablar a los animales y domesticarlos hasta alcanzar una docilidad impresionante. O encantarlos para otorgarles temporalmente fuerzas imposibles. Eran capaces de tejer vestidos y ropas, más confortables y resistentes que ningún sastre. Gracias a ellos miles de cosas que podían tomar meses o años, apenas tardaban días.
Los Magos por su parte, eran otra historia. Siempre habían sido el brazo armado del imperio, el lado filoso de la Magia. Incluso los Magos sanadores, eran mal visto en la Academia de Magia y si algún Mago realizaba experimentos e investigaciones que no tenían nada que ver con la guerra, era visto como uno loco, y poco a poco era apartado de los grupos de gran influencia.
Los Magos no tenían casi relación con el pueblo del Imperio, eran parte del ejército y su grandeza residía en defender a los ciudadanos de cualquier amenaza. El problema, era que no había existido ninguna amenaza desde hacía ya noventa años. Sin embargo, las cosas estaban cambiando y los Comunes, personas sin ninguna habilidad mágica, ahora seguían a los Magos y estos habían encontrado su amenaza: Los Encantadores.
Ahora, estando en guerra. El emperador había tomado como  primera función:  hablar con la voz de Los Comunes. Todos sabían que los Comunes eran mayoría en todo el reino. Así como también los de menos influencia sobre el imperio. Ahora el Emperador, había regalado tierras, y apoyado a pueblo tan solo para preparar su guerra. Sin conocer mucho, se notaba como los utilizaba. Eran  piezas de ajedrez sin valor. Peones que avanzaban en la primera linea de fuego.
Trebor había sido parte del ejército imperial durante algún tiempo. Eso fue antes de que su abuelo se hiciera con las dos propiedades más grandes de las ciudades del norte. Entonces solicitó permiso para tratar en nombre de su abuelo con los nobles de la zona. Eran tiempos lejanos aquellos. Sabía cómo la corrupción movía sus hilos día con día dentro de la armada imperial. Los Magos eran los capitanes y generales de cada uno de los regimientos. Los Comunes no tenían ninguna intervención. Eso también había sido parte de las nuevas reglas del Emperador. Trebor sabía que esas reglas eran un error, la historia les había demostrado varias veces que los mejores Generales eran casi siempre las personas con mayor experiencia, no el Mago con mayor poder.
Ya faltaba poco  para  la medianoche. Las sombras del bosque habían tomado gran parte del pueblo. Mientras las patrullas se movían lejos del bosque. Trebor seguía sentado en la base de aquel árbol. Ya casi era hora. Cuando estaba  a punto de ponerse en pie, una patrulla de dos soldados apareció en la esquina de la plaza y avanzó hacía el claro que había entre el pueblo y el bosque. Se detuvieron allí. Estaban tan cerca que pudo escucharles hablar.
—Son demasiados, Thom. —Dijo uno de los soldados, llevaba una antorcha en una mano y con la otra acariciaba el mango de su espada. Escupió al piso y luego miró a su compañero.
—  ¡Bah!, deja de quejarte, Esteven. —Dijo Thom. —son Encantadores. Si uno de esos se pone interesante lo matas y ya.
—No lo digo por eso. —respondió Esteven. —Sólo digo que son demasiados, no podemos vigilarlos a todos. Ayer, tuvieron que matar a dos que intentaron escapar. Sino fuera por los Magos...
—¡Los vió un soldado! —Puntualizo Thom poniéndole el dedo en el pecho a su compañero. —¡Un soldado!, los malditos Magos sólo saben hablar y meditar. Nosotros hacemos casi todo el trabajo y a ellos los ven como unos malditos reyes. — Thom gruñó apretando los puños.
Ambos soldados hicieron silencio un instante y miraron atrás. Como si hubieran sido interrumpidos por algo. Trebor no había escuchado nada. Thom continuó entonces.
—¿Escuchaste eso?
—Olvidalo, no debe ser nada. — Respondió Esteven despreocupado.
Intercambiaron una mirada y siguieron hablando.
—¿Así que éste es el bosque que ha venido creciendo? — Dijo Thom, señalando con la barbilla hacia el bosquecillo.
Su amigo asintió.
—Me trae sin cuidado. No entiendo por qué tiene tan asustado a todos los Magos. — Se volteó dándole la espalda al bosque. — Son sólo árboles.
—Escuche cuando los lugareños le contaban a los magos que el bosque se había tragado dos casas ésta misma semana. —Respondió Esteven. —No es normal que crezca tan rápido.
— Son árboles y ya. —Respondió Thom. — No le busques otra pata al gato.
Esteven asintió, aunque no parecía conforme, así que continuó hablando.
—No es que le busque otra pata al gato, pero esto tiene a todo el mundo con los pelos de punta. El cocinero me dijo, que dos magos habían entrado al bosque y habían desaparecido. —Detuvo su conversa y por un instante inspeccionó el rostro de Thom. — Luego mandaron una partida de cinco soldados y dos magos más y...
— ¿Qué paso? —preguntó el Thom mirando al Esteven con impaciencia.
—Desaparecieron también, ni rastro, nada. —Esteven volvió a escupir en el suelo.
Ambos hombres hicieron un instante de silencio y al final Thom concluyó.
—Para mi que hay encantadores allí dentro. ¡Que los parta un rayo! Nada tiene de raro, nosotros matamos Encantadores y ellos matan Magos. Asi es la guerra, así son las cosas, no te pongas con idio...
Entonces se escuchó un estruendo detrás de los soldados. Una mujer vestida de blanco y de largo cabello rojo corría contra ellos, fue tan rápida que los golpeo y los apartó por pura sorpresa. Avanzó contra Trebor  tal como si supiera exactamente donde estaba.
Detrás de la mujer, corrían dos magos con sus sotanas negras. Uno de ellos empezó a darle forma a las llamas de la antorcha de Esteven. Pero Trebor fue más rápido, y tejiendo viento formó una gruesa cuerda con la que ató a la mujer por la cintura y la haló hacia él tirándola al suelo. Justo antes que la lengua de fuego que se formara y estallara sobre sus cabellos rojos.
Arrastró a la mujer su lado, y cuando ella notó que Trebor era una sombra, se quedó petrificada. Él no le prestó atención, seguía mirando a los Magos que interrogaban a los soldados y avanzaban a grandes pasos hacia el bosque.
— Quedate aqui... — le dijo Trebor a la mujer. Esta se acurrucó contra el árbol.
Trebor echó a correr a toda velocidad hasta el otro extremo del claro. La noche era su compañera, y mientras estuviera bajo la sombra del bosque. La capa lo volvería  prácticamente invisible.
Los magos estaban a punto de seguir su camino adentrándose en el bosque pero escucharon el estallido de un látigo de viento. Trebor había apuntado a Esteven. Este recibió el golpe directo al pecho,  luego tejió otro látigo  y apagó la antorcha. Aquella era una vieja técnica, sólo unos cuantos Magos podían hacer fuego de la nada, y si estos dos no eran de esos pocos él tendría una ventaja.
Más la respuesta fue rápida y certera. Como un acto reflejo dos bolas de fuego salieron de las manos de uno de los magos, iban dirigidas hacia los árboles de donde estaba escondido. Trebor corrió hasta el otro extremo, el Mago no había sido capaz de verle.
—¡Sal de allí cobarde! —gritó uno de los Magos lanzando otras dos bolas de fuego al bosque que comenzaba a incendiarse.
El resplandor de las llamas le mostraron a Trebor la cara de aquel Mago. Era un niño al que aun no le salía la barba. El joven Mago detuvo entonces su seguidilla de bolas de fuego contra el bosque, y dejó una preparada en la mano derecha. Trebor tejió otra gruesa cuerda, la disparó contra su mano, que aun lo buscaba en la oscuridad y la  esfera de fuego se apago.  Este se volvió  apuntando justo hasta donde el se encontraba escondido. —Esperaba que la mujer se hubiera quedado donde le había dicho, no quería que la atraparan, ella podía saber donde estaba Edrid. —Los magos avanzaron contra él, dejando atras al soldado Thom que atendía a su compañero que aun respiraba en el suelo.
Trebor corrió por el lindero del bosque aprovechando la oscuridad. Vuelto una sombra corrió a sus espaldas, Thom le vió llegar. Le dió tiempo de desenvainar, pero contra la Magia, las espadas no eran más que juguetes. Ató la espada con dos hilos de viento y detuvo el golpe de la espada en el aire.Tejió dos hilos más, los usó de tijeras y la cabeza del soldado Thom cayó con golpe sordo al suelo.
Los Magos voltearon escuchando el estertor del soldado. El compañero del Joven Mago, sin siquiera pensarlo lanzó dos bolas de fuego. Una chocó contra el escudo de viento que Trebor había preparado en el último instante, la otra se estrelló contra la pared de la casa que estaba detrás. La casucha comenzó a arder de inmediato. Él esperaba aquello y lanzó la espada que había atado contra los magos, El joven saltó a la derecha y el otro perdió el equilibrio sorprendido por la espada que le atacaba como si estuviera viva. El compañero del joven mago, ató también la espada con viento y esta quedo en el suelo sostenida por la tensión de ambos.
Trebor intentó esconderse en el bosque. Pero una pared de llamas le detuvo el paso, el muchacho era más hábil de lo que pensaba. Había tejido una gran cantidad de fuego, además, había aprovechado el fuego de la cabaña que se incendiaba a su  espalda. No podía tardar más peleando, detrás, en el pueblo, ya se escuchan las campanadas de alarma.
—¡Maldita muchacha! —pensó Trebor. —Había echado todo a perder.
Atacó de frente. Aprovecharía todo el fuego de la cabaña también. Dar forma a los elementos era mucho más sencillo que crearlos desde cero. Casi instantáneamente dos gruesas lenguas de fuego salieron disparadas del techo de la casa, cual dos tentáculos de un pulpo en llamas. El joven mago detuvo una con un escudo de viento pero su amigo no fue tan rápido, ni tan hábil,  como para sostener la espada y  tejer un escudo a la vez. La lengua de fuego se estrelló contra él como si de un baño de lava se tratara. De inmediato se carbonizó, no hubo gritos, sólo el sonido acuoso de la piel cociéndose. Entonces cayó de rodillas hecho un mar de ampollas y llagas sanguinolentas.
Para extrañeza de Trebor su oponente sonreía. Aún sostenía el muro de fuego a su izquierda. Quizá lo hacía pensando que escaparía en cualquier momento. —Estaba equivocado. —Él avanzó corriendo, a la vez que moldeaba bolas de fuego y las disparaba, el Mago Negro se movía con rapidez y las esquivó como si estuviera bailando. Trebor no podía tardar más y corrió contra él. El Mago tejía algo, algo que no conseguía ver, tenía que ser viento y mientras pensaba, el impacto de un látigo de viento le rozó el rostro y lo lanzó al suelo. En parpadeo la cara de Trebor estaba bañada de sangre.
Trebor se levantó sosteniendo con una mano la herida de su cara. El Mago, se acercó lentamente hasta estar a sólo unos pasos de Trebor, sostenía un escudo de energía frente a sí y poco a poco una esfera ígnea se formaba en mano izquierda. En su rostro se dibujaba una amplia sonrisa.
—No eres tan temible. —le dijo a Trebor.
—Eres sólo un niño. —respondió él.
De pronto, el Joven Mago abrió los ojos de en par en par, y se retorció intentando de mirar a su espalda, su sonrisa se había convertido en un rostro de terror y pánico. Lentamente el muro de fuego se fue desvaneciendo. Intentó hablar,  pero borbotones de sangre le salían por la boca. Sólo se pudo entender una palabra mientras de sus ojos brotaban lágrimas en gruesas gotas.
— ¿Cómo?
Mientras la espada que había atado al principio de la batalla terminaba de asomarse por el pecho y atravesarle desde la espalda.
—Nunca sueltes los elementos en el campo de batalla muchacho, mientras no sean tuyos, tu oponente podría utilizarlos en tu contra. —Trebo empezó a curarse a si mismo el rostro, la herida se había abierto desde lo alto del párpado y le rodeaba el ojo derecho. Suponía que le había quedado una gruesa cicatriz, Ardía y dolía y picaba. —Cuando murió tu amigo, la espada quedó libre otra vez. Es una lastima que no vayas a poder aprovechar esta lección.
El muchacho cayo de costado con los ojos abiertos. Estaba temblando mientras se desangraba. Justo entonces llegaron otros dos magos y él corrió al bosque. Bolas de fuego salieron disparadas por todos lados, vió a la mujer  hecha un ovillo contra el árbol. La alzó por la mano y jalo impulsándola a correr. Corrieron un corto trecho, los arboles estaban en llamas por doquier. Trebor intentaba apagar el fuego con viento, pero le costaba respirar. Entonces la mujer le jalo por la manga, lo guio cambiando de dirección, estaban internándose cada vez más en el bosque. Todo se volvía más oscuro.
En la oscuridad casi absoluta del bosque todo quedó en silencio. ¿Habían escapado? A su izquierda se escucharon los gritos. Trebor Maldijo. La Mujer chillo de terror. Eran al menos ocho magos y todos apuntaron su magia contra ellos. En un visto y no visto, Trebor levantó un escudo de viento tan rápido como era posible, dentro de si mismo supo que era el final, su escudo solo los protegería de una, ó quizá dos bolas de fuego. Pero nunca de todo aquello que veía venir. Se agachó esperando la muerte al tiempo que abrazaba a la chica.
Esperó cerrando los ojos y escuchó como  todas las bolas de fuego chocaban contra algo, produciendo un sonido opaco y seco, como el de una campana que no se ha dejado vibrar.  Cuando levantó el rostro, la sorpresa de Trebor no pudo ser mayor. Un escudo de energía blanco les había salvado la vida. Se había puesto delante de él y la chica. Era tan poderoso que las bolas de fuego y los látigos candentes se deshicieron justo antes de golpearlos. Él se levantó. Las paredes del escudo tenían rastros de todos los elementos y como si cientos de telas de arañas brillantes y transparentes se hubieran organizado en una media esfera perfecta. Él y la chica no eran los únicos impresionados. Los magos habían intentado ya tres rociadas de fuego y el escudo resistía sin problemas.
— Este escudo... tú... ¿tú lo hiciste?— preguntó la mujer que había salvado.
— No es mio. Alguien nos ha encerrado aquí. Es una cúpula de energía, es... es impresionante.
— ¿Trebor? ¿Trebor eres tú? — dijo la mujer mirándolo incrédula.
Trebor miró a la mujer, que aún estaba a sus pies. Ahora con la cara rasgada debía parecerse aún menos a sí mismo.
—Reconozco tu voz. ¿Eres tú, no es cierto? Soy Anna, ¿no me recuerdas? Conversamos varias veces en casa de Edrid. —La chica miró el escudo. Los magos se habían acercado y gritaban cosas inaudibles. El escudo tenía al menos unos veinte metros de diámetro. De sus voces, no se escuchaban ni los murmullos. — Soy Anna, ¿No me recuerdas?
El miró a la chica detenidamente, era pelirroja y no llevaba gafas. Su cabello estaba enmarañado y sucio, su cara pecosa se había vuelto un cúmulo de tierra y barro, pero detrás de toda aquella suciedad, estaban los ojos románticos de la Amiga de Edrid. Una chica que peleaba apasionadamente defendiendo sus estudios e investigaciones. Aquel recuerdo le hizo sonreírr y por un instante recordó lo rojo se le ponían los cachetes cada vez que Edrid u otro de los encantadores le gastaba alguna una broma.
—Anna, escúchame. —Continuó Trebor tomando por los hombros a la diminuta mujer, la apretó sin quererlo y la chica arrugó el rostro aguantando el dolor. —Han raptado a Edrid, necesito encontrarla ¿La has visto?
La mujer le miró aún consternada  por las explosiones afuera.
— La vi, pero se la llevaron en el otro grupo, nos dividieron en dos. Los presos sin importancia, nos trajeron por este lado y se llevaron a los Encantadores famosos con el otro grupo. Edrid estaba en un carro con todas las mujeres. Había estado dormida todo el viaje. Los mantienen dormidos, a todos los de ese grupo, les tienen miedo.
— ¿Entonces, está viva?
— Si. Lo estaba hasta el día que nos separamos.
La capa se mecía, parecía bailar y Trebor también sintió esa alegría, ¡Estaba viva!, Tenía que salir de ese lugar. Tenía que encontrarla.
Dos bolas de fuego se estrellaron de nuevo contra el escudo. Dentro siquiera el ruido de aquella explosión se había escuchado. Anna parpadeó sorprendida.
— Sino eres tu ¿Quien nos ha metido aquí? —Respondió Anna ignorando su pregunta.
—No lo se. Pero debe ser más de uno. —respondió él. — Hace falta una cantidad de Magia enorme para crear algo como esto. Al menos diez magos, por lo menos diez.
Una luz irradió desde afuera. Era blanca, fuerte. Incluso ellos que estaban dentro del escudo se quedaron cegados. Anna se abrazó a él y ambos se encogieron esperando que de un momento a otro, el escudo desapareciera.
No fue así. Un pequeño ser como de dos palmas de alto apareció delante de la copula de energía. Vestía como si fuera un montañés, llevaba mascaba alguna mezcla ocura, y un largo sombrero de paja, terrosos y viejo  le caía de medio lado. La barba blanca le llegaba hasta la barriga mientras que sus ojos castaños estaban rodeados de un rostro lleno de arrugas. 
Alguien dijo algo del otro lado y el pequeño ser sonrió con sorna.
—Es un Momoy. —susurró  Anna. —Nunca había visto a uno. Hay tantas leyendas.
—¿Un qué..?
Pero uno de lo Magos atacó al pequeño ser. Los demás se sumaron al ataque y de pronto el Momoy estaba dentro de la cúpula de energía. Chasco los labios y escupió al suelo.
—Ya me habían dicho de estas cosas. —el hombrecito hablaba con un tono grueso y mientras lo hacía aquella mezcla oscura bailaba en su boca.  —No se asusten. Ya me habían dicho de estas cosas.
Sin siquiera esperar respuesta, el Momoy, volvió a salir. Traspaso caminando a paso lento el muro de energía que se abrió cual cortina. Afuera todos los magos esperaron con paciencia la salida del hombrecito. Uno de ellos atacó de nuevo con una bola de fuego. Pero fue recibido con un tejido blanco que el Momoy hizo aparecer de sus manos. Con el contacto del fuego. Un resplandor blanco de nuevo iluminó todo el lugar y cuando la luz bajó su intensidad, el panorama había cambiado.
Todo estaba helado. Había nieve cayendo sobre la cúpula de energía que de pronto desapareció. La niebla estaba entorpeciendo la vista. Pero poco a poco fueron apareciendo los contornos de los árboles y las oscurecidas siluetas de los Magos que estaban inmovilizados en gruesos ataúdes de hielo.
Como si los hubiera tallado a medias, algunos tenían algún brazo fuera de los largos y gruesos cubos helados, mientras que otros tenían pedazos de sus cuerpos al descubierto. Esas partes parecían estar duras y frías. Las mantas negras que llevaban como vestidos se veían aclaradas por la escarcha. Adelante habían no menos de doce ataúdes,  altos, gruesos y oscuros.
El Momoi tampoco se veía por ningún lado. Anna que iba descalza se hirió los pies, con la hierba que se había convertido en un campo de espinas congeladas. Como si la piel de un puercoespín se hubiera estirado en el suelo alrededor de unos cincuenta pasos en toda dirección. Trebor estaba aun en tensión y mantenía apretada la mandíbula.
De pronto apartando la niebla con la mano. El Momoy apareció no muy lejos. Aunque la niebla helada a Trebor  le llegaba por los tobillos al pequeño ser le tapaba por encima del ombligo. Tenía los ojos negros y sus arrugas le daban un aire de vejez bien llevada. Caminaba enérgico y  sin detener su andar empezó a hablar.
—Es extraño ver en estos días un Mago tan lleno de ese tipo de emociones. En mi pueblo los Magos son más tranquilos y llevados.
— ¿De qué hablas?
— De ti. Pues, esta lleno de esa rabia y esa energía rara que te envuelve, los Magos son más tranquilos... más llevados. —Escupió al suelo una masa negra y continuó. —Pero aqui estas, el hombre que me han mandado a buscar. —dijo El Momoy a la vez que le indicaba que se apartara con un movimiento de la mano. Trebor así lo hizo.
El Momoy se acercó hasta Anna que se mantenía en pie a duras penas. Los pies le sangraban.  Chascó la lengua con renuencia, mientras miraba los pies de Anna.
—Disculpe señorita. En verdad, no imagine que la piel humana fuera tan... tan delicada.
—¿Me buscabas? —Preguntó Trebor, pero el Momoy no le prestó atención.
—¿Es usted un Momoy? —Le preguntó Anna que luchaba por sacarse una larga espina de hielo que se le había encajado en los pies.
—Es un nombre viejo...  puedes llamarme así, qué más da. —Dijo el hombrecito con la mirada puesta en los pies de Anna y con otra seña la invitó a sentarse en la grama que había quedado sin congelar. Allí donde había estado el escudo de energía había quedado un círculo casi perfecto y parejo de hierba verde.  —Ahora mi pueblo lleva otros nombres, mi pueblo se llama Momolgar. Pero Momoy esta bien...  es un nombre muy digno.
El hombrecito se encendió las manos de una luz verde. Y los pies de Anna empezaron a sanar y limpiarse. Cuando terminaron de sanar, el Momoy se puso de pie y examinó su tarea, asintió enérgicamente.
—Mi tarea es más compleja que encontrarlo, Mago Trebor. —Dijo el Momoy. —Lo he buscado durante semanas, y he tenido que usar cosas que creíamos perdidas.
—¿De qué tarea hablas? —preguntó Trebor y el Momoy le observó y se acercó indicándole que se agachara.
—Tengo tanto que hacer, esta ha sido una jornada larga y cansada. —Dijo mientras curaba el rostro de Trebor.
—Necesito encontrar a Edrid. —Dijo Trebor. —Esta viva, tengo que...
—Sí que esta viva. —Dijo el Momoy —Esta capa es suya, una parte de ella. Que poderosa es... aun no entiendes lo que llevas sobre los hombros ¿no es verdad?
—¿Qué quieres decir? —preguntó Trebor, pero se escucharon los gritos de soldados que seguían buscándolos en el bosque.
—No hay tiempo para explicar. Ahora que te he encontrado, no podemos detenernos, yo he de volver y ustedes tienen que entender mucho antes de partir. —continuó el Momoy. —Me llamó Pedran de Momolgar. Tienen que venir conmigo, sino muchas cosas se pondrán peor.
Trebor y Anna se miraron uno al otro. Mientras el Momoy hablaba y caminaba abriendo paso entre las espinas de hielo. Empezó a internarse en el bosque y ambos lo siguieron.
—No me moveré de aquí a menos que me digas que pasa. —Gritó Trebor al Momoy. Deteniéndose en seco.
El hombrecito se detuvo y se le quedó mirando, apretaba todas las arrugas de su rostro y se tomó la pequeña barba dándole un tirón.
— No hay forma de que lo entiendas si te lo cuento, tienes que verlo. —Dijo e hizo una pausa larga, acariciando la barba como si las palabras que iba a decir las estuviera midiendo una a una. —Sólo puedo decir que esta guerra. No sólo es entre Encantadores y Magos, esta guerra puede cambiarlo todo, puede extinguir la magia. 



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